Sus conversaciones se extendieron durante meses: un mensaje a diario de buenos días y uno de buenas noches. Él era su primer pensamiento y el último cada noche. Luego, los mensajes se volvieron más distantes, los kilómetros que los separaban habían hecho mella en sus conexiones digitales.
Una mañana de noviembre ella decidió dejar de buscarlo y él optó por esperar a que ella
volviera a escribirle.
Ninguno de los dos volvió a saber del otro.
Fin.

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